viernes 30 de octubre de 2009

CADÁVER EXQUISITO

El insomnio, aparte de Elvis, era mi única compañía por las noches, desde hacía meses. No podía conciliar el sueño por más que lo intentase. Mis dedos, como un movimiento de tic nervioso, acariciaban la cicatriz sin descanso. Me incorporé para sentarme en el borde de la cama. Nervioso y obsesivo, observaba fijamente la hendidura que tenía en la pierna izquierda.
Me levanté muy despacio. Todavía cojeaba y, dirigiéndome hacia la cómoda, observé que su espejo ovalado reflejaba una imagen que casi no reconocía. Abrí el primer cajón y acaricie el pañuelo de seda blanco que, doblado en cuatro mitades, guardaba dentro. El tacto del pañuelo y lo que representaba, en cierto modo, me hacía sentir un poco más calmado. Deslié el pañuelo y allí estaba. Un anillo de plata en forma de sello con las iniciales G C. Siempre que tocaba su grabado, me venía también a la mente la melodía repetitiva y cargante de la caja de música, y, con ello, la escena de terror con su angustioso olor a sangre. El anillo era lo que permitía que Cecilia no hubiese pagado por aquel asesinato. Tras mirarlo unos segundos, volví a doblar el pañuelo y metí el anillo en su interior.
Lo único que me consolaba, en aquellos momentos, era ella. La quería tanto, que mil veces hubiese accedido a seguir su plan, aunque fuese lo más vil que una persona llegase a hacer en su vida. Hacía cinco años que la conocía y aún recordaba la primera vez que exploramos juntos nuestros cuerpos. Aunque para mí no era la primera vez que estaba con una mujer, era como si nunca lo hubiese estado. Su olor, su frescura, su risa pícara… Era como tocar el cielo con la punta de los dedos.
Fui hacia el salón, y Elvis, que notaba mi apatía, deshizo de su mente un posible paseo nocturno y, como siempre, dio tres vueltas, acostándose al final junto a la puerta.
Me tumbé en el sofá con la esperanza de que Morfeo me visitara, pero mi mente era un torbellino de pensamientos.

Hacía medio año que mi vida había cambiado, pero mi cuerpo parecía no acostumbrarse. Vivía como en una constante resaca que me machacaba los músculos e interfería en mis facultades mentales. Desvelarle mi identidad a Germán Collado de una vez por todas quizá me liberara del tormento, pero pondría en grave peligro a Cecilia.
La melodía machacona y monocorde de aquella maldita caja de música resonaba dentro de mi cabeza y rebotaba contra las paredes de mi cráneo como una pelota de squash. De camino al baño, se me cayó la aspirina justo encima del vómito del perro. Parecía que a Elvis le habían sentado mal las sobras que le serví como cena, y el pobre animal, aunque educado desde un punto de vista canino, aún no había logrado sofisticar su comportamiento hasta el punto de utilizar el retrete en caso de emergencia o mareo. Era mi última aspirina, así que no tuve más remedio que recogerla del fondo de aquel charco viscoso y lavarla después al chorro del grifo antes de tragármela.
Quién podía imaginarlo. Después de tantos años. Germán Collado. Aún recuerdo su cara de asno catatónico cuando me sorprendió en la cama con su madre. Aquella señora fue la primera fantasía sexual de todo el elenco adolescente masculino del instituto, nuestra estanquera de Fellini particular, mi primera mujer, en el sentido carnal de la expresión. Entiendo que nunca me lo perdonara, y ahora también celebraba que los estragos del tiempo sobre mi fisonomía le impidieran reconocerme. Pero Cecilia era un precio demasiado alto por un polvo anecdótico y casposo, por muy madre suya que fuera. Sólo esperaba que aquella buena mujer hubiera fallecido ya. Encontrármela también en la boda sería demasiado para mis nervios.

lunes 19 de octubre de 2009

INSTANTES

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido, de hecho
tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría
más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más rios.
Iría a más lugares adonde nunca he ido, comería más helados y menos habas; tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos.
Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos; No te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas;
Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principio de la primavera y seguiría así hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños, si tuviera otra vez la vida por delante.
Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo.

viernes 2 de octubre de 2009

PROMESAS

Fue su promesa. Ella sabía que no le había mentido. Sabía con certeza que él volvería. No tenía prisa, esperarle era lo único que le importaba. No le fallaría. Él nunca lo hizo, y junto a su promesa, estaba la de ella, esperarlo hasta el fin de los días.
Mientras su espera, el pueblo, con júbilo, festejó las fiestas de ese año, en el que él, ya no estaba. Fiel a su amor, ella lo esperó en la oscuridad de su aguardo, el regreso de él. Las navidades, las pasó sola, con mesa para dos, por si volvía de improviso. La llegada de la primavera, no fue con sus amigas, a ver, la floración de las flores y los árboles, ni tampoco fue, en verano, a bañarse al lago, y pasear descalza por la hierba. Al año siguiente, no fue, a las fiestas del pueblo, ni a festejar las navidades, ni tampoco a pasárselo bien, con la llegada del buen tiempo. Y así pasaban los años, recordando y recordando. Preguntándose dónde estaría él y si tardaría mucho en volver. Recordaba su rostro y, cada vez, con más dificultad, intentaba dibujar su rostro, con sus dedos, en el aire. No hubo más navidades, ni paseos con las amigas…
Ella esperaba y esperaba, y sentía una punzada en el corazón al pensar que ya él no volvería. Que se había olvidado de su promesa y de ella.
Una noche, mientras con dificultad, se tomaba una taza de té, pues sus manos estaban ya débiles y temblorosas, le pareció oír un ruido en las afueras de su casa. Él había vuelto. Se miraron y sonrieron. Se habían encontrado de nuevo. Podían tocarse y ver cómo el paso del tiempo, había estropeado su recuerdos, de sus rostros tersos y jóvenes, de su juventud añorada. Él, loco de contento, le empezó a relatar los lugares que había visitado, las gentes que había conocido, las lenguas que había aprendido. Aventuras apetitosas, divertidas, llenas de vida… Ella se sentó a escucharlo y la flor del jardín que sostenía en sus manos, le pincho con sus espinas cuando se dio cuenta, que ella solamente, lo había esperado.

martes 15 de septiembre de 2009

DESPUÉS DE UN TIEMPO

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, uno aprende que el amor no significa recostarse y una compañía no significa seguridad y uno empieza a aprender que los besos no son contratos, y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, no con el dolor de un niño... y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad, y después de un tiempo uno aprende: que si es demasiado, hasta el calorcito del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien te traiga flores... y uno aprende que realmente fue de aguantar que uno es realmente fuerte, que uno realmente vale y uno aprende y aprende... con cada adiós uno aprende. Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado. Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas. Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás deseando no volver a verla. Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas. Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida. Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes. Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual. Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir. Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible. Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios. Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas. Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante. Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo..."

miércoles 2 de septiembre de 2009

DESCONOCIDOS

Ven. Acércate en silencio. Llevo mucho tiempo esperándote. Mis ojos están cansados de recorrer lugares inexistentes, en los cuales, no habitabas. Tócame despacio. Te advierto que mi piel está marchita. Ha pasado tanto tiempo que igual no reconoce el contacto con la tuya. Mi cabeza está llena de pensamientos, casi muertos, que intuían tu llegada pero yo, yo ya no soy la de antes. Han pasado tantas cosas que es muy delicado ocultarlas, entre mi alma y mi cuerpo. Tu cara es cómo me la imaginaba pero me asusta tu miedo porque sé que no encuentras lo que un día dejaste. Me observas y callas. Sírvete tú mismo. Ofréceme aquello con que tu corazón me honraba aunque no encuentres en mí los colores vivos sino náufragos latidos de un pulso que casi no respira. Ven, y susurra mi nombre, puede que eso te ayude a recordarme. Ya sé que no es el lugar ni y el día pero acércate, prueba mi amor y mi veneno. Juntos volveremos a reconstruir lo que el paso del tiempo hizo que desapareciera. Y así no mirarnos como dos desconocidos.

martes 18 de agosto de 2009

CERRANDO CÍRCULOS

Te aparto. Te llamo.
No escuchas mi mensaje. Estás ausente.
Estas fuera, no quieres estar dentro de este círculo tan agrietado dónde se escapan ilusiones y esperanzas y por dónde entran desconsuelo e incomprensión. Quiero cerrar este círculo dejándote fuera pero no puedo. Estás unido a mí por una simple y rara conexión inexacta. Los flujos de la vida, no logra entender esta unión tan destructivamente dañina. Estás en mí,
aunque yo no lo quiera.
Logras entrar en mi mente, y cuando te pienso, los poros de mi piel, se agitan emocionados porque estás en mí, cerca de mí, en mi casa, en esta estancia opaca de sentimientos tuyos, de verdades como puños, de noes repetitivos. Quiero gritar, pero el silencio me gana el pulso al recordarte. Mi cuerpo te desea y te rechaza. Sufre al verte, llora cuando abandonas y, contrariamente, sin saber porqué, renace al anidar tú en él. Tus ojos, tu tacto, tus palabras son mías. Es como estar en una cárcel llena de sentimientos encontrados y de rabia acumulada por el parco amor que habita en ti. Hay, ¡si yo pudiese cerrar este círculo! Sería, al fin libre. Andaría descalza sobre mi mente y nunca más encontraría tus migajas. Sería pájaro que emprendió el vuelo sin saber muy bien cuál es su destino. Hoy quiero cerrar el círculo. Un círculo perfecto y reforzado dónde no cabría ni la dicha ni el llanto. Si pudiese cerrarlo, yo te lo regalo.

domingo 2 de agosto de 2009

NIÑEZ

La mañana había amanecido fría. Con cuidado se levantó de su vieja cama después de unas horas de descanso. Hacía días que su mente estaba distraída y actuaba con letargo.
Ahora ya nada era importante. Los días y las horas eran copias exactas de una monotonía extrema.
Encendió la lumbre de la cocina frotándose despacio sus arrugadas manos, encima de la pequeña llama, que parpadeaba a sus ojos.
El pitido de su tetera, hizo que volviera al presente. Por unos segundos, volvió a aparecer en su mente lo que nunca había olvidado e hizo que su boca esbozara una leve sonrisa.
Se sentó, como de costumbre, en el sillón que daba en frente a la ventana. La calle, era un bullicio de gente que iba de un lado para otro. Las mismas personas, el mismo escenario. Dejando su taza de té, ahora vacía, cerró los ojos. El puzzle de sus recuerdos, la llevó allí de nuevo.
Era verano, y por lo tanto, estaba en la casa de campo que la familia poseía desde hacía muchas décadas. Llevaba puesto un vestido de su hermana mayor. A ella le molestaba usar la ropa de su hermana, ya que, ésta se burlaba diciendo que era feo y que así pegaba con sus ojos de sapo. Le molestaba que se refiriera a sus ojos como “ojos de sapo” A ella le parecían normales y siempre le preguntaba a su madre si tenía los ojos feos. – No le hagas caso a tu hermana, tienes una cara bonita y tus ojos oscuros como la noche.
Le gustaba estar siempre cerca de su madre. Se sentía protegida de sus hermanos y primos que casi siempre le estiraban de la trenza y le levantaban la falda para verle las bragas. Con lo que esto le incitaba a buscar la soledad. Se perdía horas y horas por el campo, dando siempre la voz en grito porque no aparecía por ningún lado. Luego aparecía triunfante con un montón de flores silvestres.- No te enfades mami, las cogí para ti.
Vivía en su mundo. No le interesaban ni los juegos junto a sus hermanos y primos, y siempre que podía, se escabullía con Nani para hacer experimentos culinarios, por supuesto, incomibles, pero su audaz ingenio hacía que cada día, los ingredientes fuesen distintos. En la casona tenía la libertad que el tosco internado, al cual acudía con su hermana todos los inviernos, le privaba. A ella, le molestaba la rectitud, las obligaciones y hacer cuentas, que según ella, no le servían de nada. Al llegar a septiembre, se agarraba a las faldas de su madre porque no quería separarse de ella. Pero, su padre, persona recta y escasa de sentimientos, ignoraba sus sollozos diciendo que toda la culpa la tenía su mujer, por haber malcriado a la niña, que empezaba a convertirse en una pequeña salvaje.
_ ¿Te gusta ir al colegio? – Le preguntó a su hermana.
- No mucho, pero debo ir si quiero un día encontrar marido.
- ¿Marido? Yo no pienso casarme nunca. Yo quiero estar siempre con mami.
- Mami un día se morirá y tú te quedarás sola, ojos de sapo. Y con esto, le sacó la lengua.
La casona, el olor del prado, las caricias de su madre. Le hicieron estremecer volviéndole a la realidad.
La gente seguía yendo de un lado para otro. Fuera cual fuese la hora, la calle nunca se quedaba sola.
El reloj del aparador dio las 12 del mediodía. Con una carga que casi la dominaba, se levantó del sillón. Sus pasos eran cortos y las piernas, con paso de los años, se le habían echo torpes.
Ya en la cocina, puso una olla con agua caliente, le daba igual preparar sopa que verduras hervidas, hace meses que había perdido el apetito.
Repetía sus actos uno por uno. Comió apáticamente. Sabía que quedaba poco tiempo, pero no cuánto.
Con cuidado, recogió los utensilios utilizados. Apenas un plato y una cuchara había utilizado en su corta comida.
Nunca recordaba dónde había dejado las gafas de ver de cerca y siempre estaba mucho tiempo buscándolas, esta vez, tuvo suerte y dio con ellas enseguida. Cuando se las puso, cogió la caja de puros.
Al abrirla, se le llenaron los ojos de lágrimas y pudo ver que su rostro estaba igual que en su memoria. Acarició el retrato y lo besó. Cerró la caja con un antiguo ritual y la dejó en su sitio.
Estaba emocionada y parecía que su cabeza le daba vueltas. Opto por acostarse en la cama, quizá después se sentiría mejor si descansaba un poco.
La mañana siguiente amaneció fría. Era lo habitual en los meses de invierno. El bulto que había en la vieja cama, no se levantó. Sin embargo, estaba feliz en la casona corriendo por los prados y con el amparo de su madre.