El insomnio, aparte de Elvis, era mi única compañía por las noches, desde hacía meses. No podía conciliar el sueño por más que lo intentase. Mis dedos, como un movimiento de tic nervioso, acariciaban la cicatriz sin descanso. Me incorporé para sentarme en el borde de la cama. Nervioso y obsesivo, observaba fijamente la hendidura que tenía en la pierna izquierda.
Me levanté muy despacio. Todavía cojeaba y, dirigiéndome hacia la cómoda, observé que su espejo ovalado reflejaba una imagen que casi no reconocía. Abrí el primer cajón y acaricie el pañuelo de seda blanco que, doblado en cuatro mitades, guardaba dentro. El tacto del pañuelo y lo que representaba, en cierto modo, me hacía sentir un poco más calmado. Deslié el pañuelo y allí estaba. Un anillo de plata en forma de sello con las iniciales G C. Siempre que tocaba su grabado, me venía también a la mente la melodía repetitiva y cargante de la caja de música, y, con ello, la escena de terror con su angustioso olor a sangre. El anillo era lo que permitía que Cecilia no hubiese pagado por aquel asesinato. Tras mirarlo unos segundos, volví a doblar el pañuelo y metí el anillo en su interior.
Lo único que me consolaba, en aquellos momentos, era ella. La quería tanto, que mil veces hubiese accedido a seguir su plan, aunque fuese lo más vil que una persona llegase a hacer en su vida. Hacía cinco años que la conocía y aún recordaba la primera vez que exploramos juntos nuestros cuerpos. Aunque para mí no era la primera vez que estaba con una mujer, era como si nunca lo hubiese estado. Su olor, su frescura, su risa pícara… Era como tocar el cielo con la punta de los dedos.
Fui hacia el salón, y Elvis, que notaba mi apatía, deshizo de su mente un posible paseo nocturno y, como siempre, dio tres vueltas, acostándose al final junto a la puerta.
Me tumbé en el sofá con la esperanza de que Morfeo me visitara, pero mi mente era un torbellino de pensamientos.
Hacía medio año que mi vida había cambiado, pero mi cuerpo parecía no acostumbrarse. Vivía como en una constante resaca que me machacaba los músculos e interfería en mis facultades mentales. Desvelarle mi identidad a Germán Collado de una vez por todas quizá me liberara del tormento, pero pondría en grave peligro a Cecilia.
La melodía machacona y monocorde de aquella maldita caja de música resonaba dentro de mi cabeza y rebotaba contra las paredes de mi cráneo como una pelota de squash. De camino al baño, se me cayó la aspirina justo encima del vómito del perro. Parecía que a Elvis le habían sentado mal las sobras que le serví como cena, y el pobre animal, aunque educado desde un punto de vista canino, aún no había logrado sofisticar su comportamiento hasta el punto de utilizar el retrete en caso de emergencia o mareo. Era mi última aspirina, así que no tuve más remedio que recogerla del fondo de aquel charco viscoso y lavarla después al chorro del grifo antes de tragármela.
Quién podía imaginarlo. Después de tantos años. Germán Collado. Aún recuerdo su cara de asno catatónico cuando me sorprendió en la cama con su madre. Aquella señora fue la primera fantasía sexual de todo el elenco adolescente masculino del instituto, nuestra estanquera de Fellini particular, mi primera mujer, en el sentido carnal de la expresión. Entiendo que nunca me lo perdonara, y ahora también celebraba que los estragos del tiempo sobre mi fisonomía le impidieran reconocerme. Pero Cecilia era un precio demasiado alto por un polvo anecdótico y casposo, por muy madre suya que fuera. Sólo esperaba que aquella buena mujer hubiera fallecido ya. Encontrármela también en la boda sería demasiado para mis nervios.
Adiós
Hace 3 horas
